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Historia política de la esperanza



Doscientos años atrás un puñado de menos de ciento setenta tipos cuya edad promedio no superaba los 35 años decidieron inventar un país. Una nueva nación sobre la faz del planeta. Y no solamente le pusieron un gobierno propio –el sentido político de aquel mayo de 1810- sino que decidieron contagiar el amor que sentían por palabras tales como igualdad, libertad e independencia a los habitantes de un pueblo que sabían que existía pero que no conocían.

-…Ved en el trono a la noble igualdad…
Así dice el himno nacional. La canción que cada vez se canta con menos ganas. En las escuelas, en los actos, en la canchas…
En ese verso está sintetizado el ideal, el sueño colectivo inconcluso de la Revolución de mayo de 1810: ver en el trono de la vida cotidiana a la noble igualdad.
Pero los pibes y las mayorías argentinas sienten, saben y comprueban que en la realidad esa idea fuerza no tiene mucho sentido.
Doscientos años después del inicio de aquella esperanza, el 70% de los trabajadores ganan menos de dos mil pesos mensuales y casi el 90% de los jubilados perciben menos de mil pesos mensuales. Están lejos, muy lejos del valor real de la canasta familiar que ronda los cuatro mil pesos.
Y mientras tanto, la multinacional Cargill –asentada en una maravillosa cintura cósmica que dibuja el río Paraná en las barrancas de Puerto General San Martín y sobre tierras que deberían ser cuidadas porque allí hay un monumento histórico que recuerda la batalla de Punta Quebracho- factura 38 mil pesos cada sesenta segundos.
En el trono de la vida cotidiana, entonces, no está lo noble igualdad.
Todo lo contrario. En el trono de la vida cotidiana rige la innoble desigualdad.
Por eso, quizás por eso, el himno se canta cada día con menos ganas en estos atribulados arrabales del mundo.
Sin embargo el presente y el futuro siguen abiertos.
Y allá fueron aquellos dirigentes que ya estaban “hechos” económicamente y que, sin embargo, apasionados por el proyecto, por el sueño colectivo de construir un país libre donde la igualdad estuviera en el trono de la vida cotidiana, abandonaron sus comodidades individuales y viajaron a pelear por hacer tangible y concreta la revolución.
Quedaron las cartas de hombres como Manuel Belgrano que decía que el objetivo de la revolución y la política es lograr “la felicidad del pueblo” y que para concretarla era preciso “conseguir la repartición de la riqueza” e ir en contra de las minorías del privilegio. Ese mismo Belgrano que cuando avanza hacia el interior profundo de las provincias describe a su ejército como un grupo de mil quinientos desesperados que no tienen en qué creer. Y que por lo tanto decide inventar algo, un símbolo donde vean que la cosa va en serio y entonces el 27 de febrero de 1812 crea la bandera. Doscientos años después hay mucha gente que no cree, que no tiene esperanzas, que precisar volver a enamorarse de ideales que trasciendan la suerte privada e individual.
Quizás por eso venga bien repasar el origen y desarrollo de aquella primera revolución, porque en su proyecto inconcluso está la invitación para protagonizar una segunda etapa que definitivamente haga realidad la consigna síntesis del himno de ver en el trono de la vida cotidiana a la noble igualdad.
Porque detrás de tanta falsificación histórica, es necesario descubrir en los textos de Mariano Moreno, del propio Belgrano, en los hechos de Artigas y San Martín, aquel amor que se continúa en cada uno de los integrantes de las mayorías.
Para ser protagonistas y no solamente comparsa de la historia. Para ser actores y no espectadores, consumidores consumidos de grandes empresas llamadas medios de comunicación que necesitan que los que son más se mantengan mirando los resultados de un país donde los negocios de pocos jamás tienen en cuenta las urgencias de los muchos.
Porque cuando Moreno escribe que es necesario “ir en contra de las riquezas acumuladas en pocas manos porque son perjudiciales al país”, porque esas concentraciones de dinero se transforman “en agua estancada que pudren las demás actividades de la vida”, está marcando un proyecto político que no solamente habla de lo imaginado en 1810 sino de lo necesario en 2010. Moreno pide “descontentar” a las grandes riquezas. Aquel primer secretario de la junta, aquel primer desaparecido de la historia –envenenado y arrojado al mar tal como hicieron con miles de militantes revolucionarios de los años setenta- pretende un gobierno, una política que subordine a las grandes riquezas, no que sea socia minoritaria de los permanentes dueños del país. Moreno dice que la revolución debe garantizar que un maestro gane lo mismo que el presidente. Ese espíritu de la revolución no prescribió. Está vivo en las necesidades de las mayorías del presente.
Doscientos años después es preciso recordar al gran líder popular de estas tierras, José Gervasio Artigas, aquel que hiciera verdad una forma de vivir que bien podría contrastar con los actuales y permanentes reclamos en torno a la inseguridad. Artigas estableció tres momentos de la revolución: “independencia, igualdad y seguridad”. No habrá seguridad si primero no se logra una política autónoma y se garantizar la igualdad. Después si, habrá seguridad. Ese Artigas no parece un fantasma del siglo diecinueve sino un referente del tercer milenio.
Bicentenario que debe pensar y repensar a San Martín. El hombre que más monumentos, bronce y nombres de calles, avenidas, plazas y pueblos tiene en la Argentina. Pero San Martín resulta un desconocido para los argentinos. Porque cuando fue gobernador en Cuyo, Capitán General en Chile y Protector del Perú, siempre estableció un primer decreto: prohibido emitir metálico para pagar compromisos con el extranjero. En buen romance: San Martín decidía no pagar jamás deudas externas hasta no saciar las deudas internas. Sería bueno en estos seis años que van desde el bicentenario de la revolución de mayo al de la independencia declarada en Tucumán, que cuando llegue el repetido 17 de agosto, cuando algún funcionario de ocasión diga la consabida y falsa frase de seguir el ejemplo de San Martín, alguien, cualquiera pueda decirle: “¿Y por qué no empezás vos no pagando la ilegítima deuda externa como hacía Don José?”.
En la discusión sobre lo ocurrido en estos doscientos años está la oportunidad de volver a enamorar a las mayorías argentinas de aquel proyecto inconcluso.
De transformar la vida de los espectadores en una lúcida pelea cotidiana por completar aquella revolución inconclusa.
Porque la identidad de un pueblo como la identidad de una persona no se define por la procedencia de su apellido sino por la conciencia de sus sueños y sus acciones por convertirlos en realidad.
En el palpitante recuerdo de mayo de 1810 descansa la historia política de la esperanza, esa que sirve para el presente, para el futuro y no para el pasado.
Esa esperanza que sirve para nuestro presente, para que nuestros hijos sientan que viven en un lugar donde la igualdad está en el trono de la existencia cotidiana.

Por Carlos del Frade,

Diccionario Filosófico



Este diccionario singular; fruto de una visión personal y no un trabajo académico o erudito; no pretende ser un libro para consultar; sino para leer. En sus páginas Fernando Savater aborda la vida y obra de grandes pensadores como Voltaire; Rousseau; Spinoza; Nietzsche; Santayana o Bertrand Russell; y reflexiona sobre abundantes temas oficialmente filosóficos; como la naturaleza; la muerte; la justicia o el ser. Pero el autor no rechaza otros que rara vez figuran en diccionarios de filosofía; como el dinero; la enfermedad; los sueños; el erotismo o la estupidez. Y aunque toma partido en diversas polémicas contemporáneas (la confusión entre ética y política; la recaída en la religión de ciertos pensadores; la egolatría mística o revolucionaria; la crítica posmoderna de la universalidad...); prefiere ocuparse ante todo de los problemas de los hombres que de las querellas de los filósofos.

Diccionario fraseológico del habla argentina





Había una vez una niña de 8 años que vivía en el Bajo Flores, a principios de los años ’80. Sus padres hablaban de un modo tan estrambótico, tan distinto de los padres de sus compañeras, que ella, a veces, se desesperaba. No entendía por qué su padre decía, de tanto en tanto, que le “arruinaron el estofado”, si la que cocinaba era la madre. Peor aún se sentía cuando se referían al vecino, un viejito solterón que criaba peces –todo su living era un inmenso acuario, pero también su cocina y su habitación–, y su madre se llevaba un dedo a la sien y dictaminaba: “Le chifla el moño”. Cuando pedía que le compraran la muñeca de moda, su madre, mujer de pocas pulgas, le respondía “dejame que lo consulte con el bolsillo”, porque no le gustaba “deberle a cada santo una vela”. Por el lado materno, alucinaba con frases como “me ne frega”, “ni chicha ni limonada”, “ni qué ocho cuartos”; por la vía paterna, “patinar el embrague”, “muchos caciques y pocos indios”, “chupate esa mandarina” y “calentar el agua para que otros tomen el mate”.

Entonces la chica decidió consultar al “mataburros”, un diccionario castellano de la casa Garnier Hermanos, un tanto amarillento y destartalado que aún conserva. Nada de nada. Encontraba las palabras sueltas, pero nunca las frases. En vez de tranquilizarse, se dio cuenta del abismo que se abría entre el “libro madre”, ponderado en la escuela y hasta por sus padres, y el habla de su familia. A pesar de la decepción, se hizo adicta a los diccionarios. En el año del Bicentenario de Mayo, esa niña, que ha pasado la barrera de los 30, como tantas otras mujeres y hombres que hurgaron en busca de un sentido que parecía crucial para esas existencias, celebra la aparición de un inmenso tesoro: el Diccionario fraseológico del habla argentina (DiFHA), que sale en traje de papel, vestido por la Academia Argentina de Letras (AAL) y Emecé.

El DiFHA “quiere ser un homenaje a la creatividad del pueblo argentino en su manejo de la lengua común, el español”, subraya Pedro Luis Barcia, presidente de la AAL, en el estudio preliminar de este trabajo que desarrolló junto con la lexicógrafa Gabriela Pauer. Casi todos los diccionarios declaran que comprenden voces y locuciones, pero a la hora de la concreción, como advierte Barcia, las buenas intenciones suelen quedar en el olvido. El DiFHA, que contiene alrededor de 11 mil artículos y unas 15 mil acepciones, es el primer diccionario exclusivamente fraseológico del habla argentina que se edita en el país, y también único en su especie en América latina. Incluye locuciones, modismos, frases hechas, discurso repetido, fórmulas que cumplen funciones sustantivas, adjetivas, adverbiales e interjectivas –como la expresión “¡de acá!”, acuñada por el Negro Olmedo– en las distintas franjas etarias. “Meditad preferentemente sobre las frases más vulgares, que suelen ser las más ricas de contenido. Habéis de ahondar en las frases hechas antes de aprender a hacer otras mejores”, recomendó Antonio Machado en Juan de Mairena. En este “ladrillo” de casi 500 páginas hay unidades fraseológicas de origen turfístico (darle rienda, morder el freno, andar con el paso cambiado), futbolístico (un gol de media cancha, andar a las gambetas, irse en amagues) y automovilístico (bajar un cambio, poner marcha atrás, tunearlo de a poco), que pueden ser aplicadas a diferentes realidades.

El 30 por ciento de las frases que recoge el DiFHA provienen de la oralidad, como “a las patadas”, “a lo Gardel”, “a los sopapos”, “afinar la puntería”, “andar al garete”, “andar con chiquitas”, “mancarse en la mala”, “caballito de batalla”, “cagar más arriba del culo”, “captar la onda”, “zafar raspando”, y “traído de los pelos”, entre otras. Muchos artículos contienen un ítem con comentarios acerca del origen de las locuciones. En “irse al humo”, por ejemplo, se recuerda que una primera explicación, la más antigua, es que, en la pampa, las señales de convocatoria para los malones las hacían los indios con humo. Cuando, dispersos en la llanura, veían las señales, acudían al humo para concentrar sus fuerzas y hacer efectivo el malón, es decir el robo y ganancia con bienes y cautivas, como quedó consignado en unos versos de Hernández en su Martín Fierro. Una segunda explicación, también asociada a la presencia de los indios, la da Lucio V. Mansilla en Una excursión a los indios ranqueles; en este caso, el fuego es delación de la presencia de un gaucho en medio de la pampa: los indios se van al humo. Luego significó atropellar para la pelea, como los indios convocados por las señales: irse con fuerza al malón, al enfrentamiento. Eso se usa hoy, cuando uno, enojado, se va al humo a pelear contra alguien, o contra un árbitro de fútbol. Pero también en los casos en que se reparten regalos en la calle, o anuncian algo barato en un negocio. La gente acude con precipitación; equivale a lanzarse atropelladamente en procura de algo.

Para la mayoría de los argentinos “la mano de Dios” es la mano de Maradona. El DiFHA incluye este uso reciente al final de la explicación, pero antes consigna el origen de la frase –oriental, semítico–, que alude a la omnipotencia de Dios que decide sobre todo lo existente; rastrea su uso y las variaciones de sentido. Hay, además, fraseología al borde de la extinción que se rescata por la utilidad que pueda brindar para interpretar textos de los siglos XIX y XX, pero también por la posibilidad de que esas frases retornen en el uso de las nuevas generaciones, “como está probado que ha ocurrido y ocurre en muchos casos”, afirma Barcia. El diccionario recupera la obsoleta “¿A mí? ¡Con la piolita!” (equivalente a “¡a papá!”), que se refiere a un engaño o cuento del tío que se hace a ingenuos. Fray Mocho tituló así una página suya en Caras y Caretas del 20 de abril de 1901. Hay expresiones muy antiguas que han desaparecido: tomar un chino (enojarse), dar cháguara (dar pie a cosas sin importancia), a lo bachicha (a lo napolitano), ser un fanfurriña (del portugués de Brasil, ser un cobarde con ínfulas de valiente). Otras, en cambio, aunque también de vida bicentenaria, perduran: donde el diablo perdió el poncho, hacer pininos, andar de capa caída, armar quilombo.

La flexibilidad e inclusión es asombrosa; un primer paso que seguramente se irá completando con el aporte de los estudiosos y los hablantes. El diccionario recoge también unidades fraseológicas de uso regional. “Hacer novillos”, del español, se convierte en “hacerse la rabona” en el Litoral y varias provincias, “hacerse la chupina” en San Juan, “hacerse la yunta” en Salta; luego “hacerse la rata” desplaza a “hacerse la rabona”, y por fin se simplifica en un verbo, “ratearse”, abandonándose la locución. Barcia aclara que no se registran las frases recientes, creadas por jóvenes entre 16 y 18 años, por su naturaleza efímera. “Tenemos comprobado, año tras año, su desaparición definitiva antes de los tres años –fundamenta el presidente de la AAL–. Sí rescatamos las que llevan una vida que ha superado el lustro de uso.” Hay un breve compilado de comparaciones, las más difundidas e impuestas, porque la renovación en este terreno es incesante: arrugado como frenada de gusanos, a los tiros como negra peinando el hijo, flaco como piojo de peluca, al pedo como timbre de panteón. Como en toda realidad lexicográfica, el primer caudal se lo lleva el sexual. Algunas frases más o menos frecuentes que indican “tener sexo” que apunta el DiFHA son comer el bollo, darle bomba, echarse un palín, echarse un polvo, envainar el sable, mojar el bizcocho, hacer la porquería, mojar la vainilla, meter el pajarito en la jaula. Estas y otras expresiones que se han dado en llamar “frases malsonantes” no han sido excluidas del diccionario. “Son parte de nuestra realidad lingüística y no deben ser desconsideradas”, esgrime Barcia.

¡Macho!, dijo la partera, y llegó el DiFHA. Barcia y Pauer han dado a luz este diccionario atentos a la sabia reflexión de Valéry: “No hay poemas concluidos, sino abandonados para su publicación”. Lo mismo pasa con los diccionarios.

Fuente: Página/12.

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